domingo, 19 de diciembre de 2010

Más política que solidaridad

Aclaremos algunos conceptos. No lo que dijo Juan Carr, que es impecable, sino lo que entendemos por política. Porque muchos temen a participar en política, a corromperse. Y se teme, en realidad, a lo que uno desconoce.
"¿Ves? Ya cambiaste", dice a veces alguno cuando escucha a su dirigente dar una respuesta responsable, alejada del populismo y considerada hacia un tercero odioso o lejana a las máximas consagradas por la prensa.
"No, me transformé", podría responderle el devenido en político. Es que obviamente la acción política, al ser comunitaria, trasforma al individuo, lo aleja de sus posiciones individuales o sectarias; lo redime.
Solemos confundir política con poder. La política agonal o electoral, la que es comunitaria, busca principalmente construir consensos sociales mayoritarios.
El poder, en cambio, es una fuerza transformadora. Política, social, económica o cultural. Es una resultante de la política, un efecto, una consecuencia.
Es importante marcar esta diferencia. Muchas veces uno nota que hay gente que se vuelca por la política, pero que en rigor está seducida por el poder. Son dos cosas distintas. Es cierto que se produce un interesante lobby en ambas, pero tenemos que ser concientes de que la finalidad de estos son tan diferentes como lo son el todo de las partes.
Por eso política es también distinto de Gobierno que, resumidamente, implica la asignación de medios a fines. Están absolutamente vinculados una del otro, pero no son lo mismo. En campaña, uno convoca a los demás a construir un proyecto inclusivo -o busca el facilismo engañoso de la magia mediática- para poder acceder al Gobierno, que maneja una herramienta poderosa para la transformación de la sociedad: el Estado.
Hay quienes quieren entronizarse para dar vuelta a la sociedad; en lugar de reformarla, darla vuelta. Un proyecto revolucionario suele ser conducido por una minoría que procura desplazar a otra de la cima de la pirámide para cambiar por completo el funcionamiento social.
Las revoluciones suelen ser violentas e impuestas, ya que deben imponerse a los intereses establecidos. Son circunstancias excepcionales de la política. 
Normalmente, la construcción política supone consensos y acuerdos. Actualmente, están bien vistos. Pero hubo tiempos en los que se los rechazaba, como si fueran pactos espúreos. en una democracia el diálogo y la amistad cívica, son instrumentos valiosos.
Pero eso no debe derivar en cualquier cosa. "Júntense", le reclama la prensa y la ciudadanía a los dirigentes. Sería un error. Detrás de esa exigencia hay un desinterés cívico para analizar candidatos y propuestas. Un supermercado es mejor cuando tiene más diversificada la oferta, no cuando ofrece un solo producto por categoría. Lo que puede pasar es que lo que uno quiera sea principalmente desplazar al actualmente consagrado (que supo sumar la mayoría oportunamente). Hay que tener cuidado de no cometer un nuevo error colectivo y esforzarnos para estudiar y elegir, cuando no comprometernos con lo que creemos que es mejor para la sociedad.
Al final, uno debe elegir lo mejor para todos y no para uno. Eso es bien común: algo que es mayor a la suma de las individualidades.
Debemos comprometernos, además de participar. Es bueno ser parte, pero comprometerse es mejor porque implica una sustentabilidad futura de esa participación; una promesa, la palabra dada. Por eso se habla de militar en alguna facción, porque supone la adhesión a determinados principios y valores por los cuales uno debe estar dispuesto a luchar en grado heroico.
Por eso, estar en política puede ser una carrera pero principalmente es un compromiso. Es más genuino. Uno puede estar comprometido con una idea, con un valor, pero eso es abstracto si no se personifica en alguien. De esa manera se va encadenando la sociedad, cerrando el circulo virtuoso y protegiéndola de los vivos y engañadores.
Mi compromiso está y estará con quien quiera hacer de esta sociedad una comunidad fraterna que viva los valores evangélicos de modo que los pueda irradiar a la región y al mundo.
En este sentido es valiosísimo el testimonio del cura villero Rodrigo Zarazaga S.J. en el Clarín de hoy.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Una visión republicana

El ingeniero Martín Hary es un importante productor agropecuario, particularmente culto. Su enorme capacidad de lectura, buena compañera de la noche pampeana, lo impulsó a escribir en los últimos dos años sendos ensayos: "Las Coordenadas del Aleph" y "La República que perdimos".
El primero, más filosófico, no es objeto de este posteo. El más reciente, en cambio, es un ensayo muy documentado sobre la realidad política argentina. Martín acude a muchísimos autores, desde Emile Durkheim hasta Sergio Bergman, pasando por Alexis de Tocqueville, Mariano Grondona y Santiago Kovadloff, por mencionar los que se me vienen a la memoria, para explicar desde la historia y el pensamiento las raíces de nuestros problemas políticos.
Si bien sus citas son  numerosas y muy plurales, la óptica de "La República que Perdimos" es decididamente liberal y reinvidinca, fundamentalmente, la herencia de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.
No podría decir que el libro es voluntarista en sus aspiraciones, pero sí que espera mucho del "espíritu de servicio". Creo mucho en esa vocación, pero me gustaría más que fuera el sistema el que incentivara más este tipo de actitudes. En la actualidad, a mi juicio, aquellos que tienen vocación pública están casi obligados a lanzarse prácticamente a un "heroísmo cívico", a prueba de toda tentación.
Tampoco hay suficiente crítica a la hipocresía. Me animaría a pensar que es ésta una de las principales causas de nuestros males. El honor a la verdad sería el primer paso para resolver todos nuestros problemas.
Como trabajo de diagnóstico, este libro es una maravilla. Aborda temas que se suelen tratar muy ligeramente y les aporta mucho fundamento. De hecho, como enumeración y abordaje de los problemas, es una obra magnífica, de muy fácil lectura.+
("La República que Perdimos", Ediciones B, Martín Hary. Buenos Aires, 2010. 271 pgs).