domingo, 25 de febrero de 2018

Clubes para la reconstrucción social

Desde Luna de Avellaneda, la decadencia económica y social de los clubes quedó patentada y tristemente reflejada en nuestro país.
Los clubes de barrio sufrieron el desapego de las nuevas generaciones por el legado familiar y social, y prefirieron ir a los pubs en lugar del bar, a los restaurantes en desmedro del comedor, y a las canchitas sintéticas y el gimnasi antes que al campo de deportes. La opción fue obviamente por la apertura social al gueto y a las instalaciones bien mantenidas que a las cautivas.
En los viejos tiempos, la barra de estaño constituía el listón al que se aferraban los solitarios o los que tenían problemas familiares. Pero ya no queda allí quien les pueda hacer compañía. La gente mudó de gustos y de barrio en procura de "buena onda".
Un club es una sociedad de intereses comunes, sean geográficos, temáticos, políticos, deportivos o culturales. Constituían modos de pertenencia e identificación que facilitaban la construcción social. El club es, después de la familia, un segundo escalón de proyección personal hacia el bien común; como el colegio, gremio o la parroquia.
Son poseedores de un legado histórico y patrimonial con cada vez menos responsables a cargo. Se trata de otro proceso de privatización de lo que es del dominio público. El Estado no va a poder hacerse cargo de tanta desolación.
Los clubes cumplen funciones sociales: los de barrio son la memoria de un pueblo, hacen de geriátricos ambulantes, reúnen a todas las generaciones de las familias allí afincadas de modo de constituir la trama fundamental de su población; los deportivos actúan de estímulo para los jovenes, tanto en la práctica de discipinas como en la formación de su conducta; los culturales fomentan el cultivo de las artes, protegen sus obras y las custodian; los temáticos son el anclaje de cuestiones sustanciales para una nación, y los políticos acunan los principios y valores institucionales.
Cuando los clubes llegan a acumular mucho poder despiertan el celo del poder. Así sucedió a mediados del siglo XX cuando los peronistas incendiaron el Jockey Club, por ejemplo. Pero mucho más recientemente se vio a Mauricio Macri ascender políticamente a partir de Boca y, a partir de ahí, a muchos disputar el poder en instituciones deportivas como Aníbal Fernandez en Quilmes, Alberto Fernandez en Argentino Juniors, a César Mansilla en Fénix, a Hugo Moyano en Independiente, etc, etc, etc.
La relación entre hinchas, dirigentes y el crimen organizado ya es un lugar común.
Nos enternecen los clubes en decadencia o los pueblos en proceso de desaparición, pero nos ponemos en guardia frente a aquellas organizaciones sociales que saben organizarse en favor de sus intereses.
Un club no es ni debe ser una empresa. El Estado debe saberlo y cuidar que eso siga siendo así. No debe ser cómplice de su destrucción. Debe establecer una política de fortalecimiento  de aquellas instituciones cuya única finalidad es la construcción social, porque de esa manera se defiende la república.+