martes, 15 de enero de 2019

Diferencia


Un Presidente viajó a una provincia muy austral gobernada por una opositora que fue ministro del gobierno anterior, y ofreció un discurso en el que procuró diferenciar ambas gestiones.
Señora gobernadora, dijo, no he venido hasta aquí para manifestar mi disgusto con la anterior administración.
¿Qué voy a decir, que tuvo una tasa altísima de inflacion? Si yo mismo superé esa marca. ¿Que tuvo errores gravísimos en materia de impulso a la producción, cuando nosotros logramos perforar ese piso y alcanzar la recesión? Claro que podríamos rechazar su sesgo populista, aunque nosotros no hemos conseguido cambiar nada en materia de planes y de inauguraciones, ni desmontamos el paquidérmico tamaño del Estado; no solamente seguimos contratando sino que nos hemos privado de echar a los miles de miles que ingresaron hacia el cierre del período anterior. Tal vez corregimos ese carácter autocrático; pero no pudimos controlar la calle. Tampoco tuvimos el altísimo grado de corrupción que evidenció aquella administración; no obstante, el que esté limpio que tire la primera piedra. Hemos logrado, en cambio, salir del regionalismo provincialista y adoptar todo lo que culturalmente la globalización nos ofreció. Así y todo, lo que yo tengo principalmente para enrostrarles es la falta total y absoluta de buen gusto, y esa fascinación por la estética pobrista. Por otra parte, hay un enorme contraste entre las primeras damas: la mía podría retomar mañana mismo su carrera de modelo, su pasión por las pasarelas, mientras que la previa era una yegua que sólo podría volver a colgarse el cencerro para mandonear a su tropilla. Hay algo más, señora gobernadora, que tiene que ver con usted. Dejeme decirle en su propia cara lo que realmente nos diferencia, y es que es fea. ¿Qué digo fea? Es feísima. De hecho, se parece mucho a su hermano quien, además de ser una radiografía del terror, era bizcocho. Además, señora, es vieja...
El Presidente hizo un breve silencio. Se había salido del libreto y una extraña emoción emergía de sus entrañas. En el auditorio reinaba el más absoluto silencio. Nadie animaba a moverse siquiera para mirar a su costado. El premier tomó coraje y retrucó: "y está gorda. ¿Es que tanto les cuesta cuidarse o hacer un poco de ejercicio?"-la emoción lo traicionó al final de la frase, según se percibió en el temblequeo de su voz- ¿qué les puede costar salir a correr un poco?"
Dicho esto, bajó los ojos y se quedó mirando fijamente el atril durante unos pocos segundos que parecieron un siglo. Recién ahí los asistentes empezaron a intercambiar tímidamente sus miradas. Uno de ellos, con los labios apretados y la mirada clavada en el escenario, empezó a aplaudir lenta, firme y acompasadamente. Otro lo siguió, y luego otro, hasta que por fin las cabezas empezaron a asentir y los aplausos se volvieron masivos. El ambiente cambió la tensión por la algarabía. Desde el podio, el líder los desafió: "¿vieron que se puede?", y el público le contestó con manifiesto entusiasmo: si, se puede; si, se puede, corearon al unísono.