Nuestras Creencias

No hay lugar para planteos simplistas. Pretender simplificar la realidad de una época de cambios como ésta es populismo puro.
Los gobiernos suelen jactarse de gobernar con encuestas en la mano para saber lo que opina el pueblo. Nosotros creemos en que no es fácil desentrañar la realidad y que hay que prepararse para poder conducir a la gente. No es lo mismo hacer lo que la gente quiere que hagamos que hacer lo que la gente necesita que hagamos.
Nuestro planteo no es electoralista sino político, en el sentido republicano del término. Procura la construcción de consensos mayoritarios para el bien común. Este trabajo, en una democracia republicana, se realiza en el Congreso Nacional, en las legislaturas, en los concejos deliberantes.
Pero respetamos la tradición presidencialista argentina -negarlo sería insensato- y también tenemos un candidato a Presidente, que estamos seguros de que sería lo mejor para nuestro país.
Los cambios tecnolǵicos que ha experimentado la humanidad en los últimos tiempos son una bendición: facilitan el trabajo del hombre, aceleran el proceso de conocimiento, achican las distancias, multiplican y perfeccionan la producción de los alimentos, contribuyen sustancialmente a la salud humana.
No obstante, vivimos en un estado de convulsión social permanente producto de las grietas, el desempleo, la inseguridad, la inflación, la corrupción. Es evidente que, como en el siglo XIX, hay que educar al soberano para que aproveche las bondades del siglo XXI y se cuide de los peligros que todo progreso trae aparejado.
Hay actividades en las que se ha logrado reemplazar al hombre en tareas peligrosas o alienantes. La sistematización y automatización -la robotización- puede ser una bendición para el hombre, porque además acelera la incorporación de tecnología y mejora las condiciones de financiamiento de la producción, como producto de la mayor competitividad. Pero ese reemplazo no debe constituir un deplazamiento de personas de la economía.
En un mundo que aceleró sustancialmente los procesos, el descarte constituye un riesgo. Tanto el de la persona humana como el de los productos que amenazan a la sustentabilidad del planeta.
La concentración económica y su centralización en las grandes urbes amenaza directamente a las economías regionales, mediante el establecimiento de reglas de juego que favorecen a unos y perjudican a otros, tales como el tipo de cambio bajo o la masividad de la oferta de productos a escala global.
El Estado tiene mucho que hacer para mantener vivas a esas economías que permiten a la población permanecer en sus territorios, de manera de lograr una mejor distribución poblacional. La tecnología moderna desplazó al hombre del campo, al punto de su desertificación. El poblamiento territorial redunda en beneficios, la desertificación humana empobrece. Son habituales las postales de pequeñas poblaciones rurales envejecidas, en vías de desaparición.
Es necesario poner al hombre en el centro de la economía. De hecho, lo es como consumidor, pero también se ha desdibujado su rol como trabajador. Hay rasgos que subsisten en nuestras sociedades pero han perdido la dignidad que conllevaba, por ejemplo, un uniforme.
En un proceso económico, la vestimenta de trabajo está pensada como un elemento de seguridad, pero el elemento identitario puede estar tan vinculado con lo marcario como con el respeto, la honorabilidad y la decencia que merecen aquellas personas a las que están expuestas nuestras propias vidas: el personal de seguridad, de defensa, de salud, sanitario, de servicios esenciales de gas o de luz, bomberos, encargados, clérigos, religiosos, educadores.
Las nuevas actividades económicas, las del conocimiento y de los servicios, han impuesto una presunta informalidad que no es tal. Al final de cuentas, la gente tiende a uniformarse, a etiquetarse, como protocolo de reconocimiento mutuo. Lo impone la organización social o la moda, pero funciona de esa forma. La novedad se vuelve atractiva para toda la sociedad; todos quieren dedicarse a estas tareas y vivir en las grandes ciudades. Hay que asegurar que todos puedan hacer lo que su vocación les llama a hacer, pero nadie debe resolverlo por sentirse subestimado ni despreciado, como sucede a veces en la actualidad en las pequeñas localidades, en los oficios tradicionales y en las actividades agropecuaria o industrial.
En estas democracias plebiscitarias, que han olvidado las formas republicanas, las autoridades evitan el protocolo y cambian su vestuario para asemejarse a la población. Al mismo tiempo que logran transmitir una asimilación popular, desacreditan a la institución que representan. Por otra parte, nadie nunca cree que el Presidente, por caso, sea un par.
Creemos en el principio de subsidiariedad: que la entidad mayor no haga lo que pueda hacer la menor. Es indispensable que el Estado ceda espacio a la actividad privada. Más aún, debe reducirse al punto de recobrar el vigor necesario para regir en las transformaciones sociales.
Creemos que hay que reunir funciones estatales, tales como las económicas (hacienda, finanzas, infraestructura, obra pública, ciencia, comercio, servicios públicos, energía, producción, turismo, trabajo), las del desarrollo humano y social (educación, salud, cultura, deporte, culto y los organismos que tienen que ver con esto, tales como el de Prevención del Narcotráfico o el del cine), las que tienen que ver con el mantenimiento del orden (justicia y seguridad) y las relacionadas con la integridad nacional (cancillería, defensa, el instituto antártico).
Creemos en una república federal, que se expresa en forma parlamentaria antes que en un poder ejecutivo centralista poderoso.
SOMOS MUCHOS los que creemos en la vida, como don más preciado de la Humanidad, cuyo desarrollo integral debe ser el centro de la preocupación pública. Nunca puede estar sujeta al designio de otras personas, ni mucho menos olvidado como desecho.
Creemos en la comunidad como ámbito en el que el hombre se desarrolla mejor; en el imperio de la ley y mantenimiento del orden público.
Creemos en el valor del contacto con la naturaleza, que es sabia y maestra.
Creemos en la recuperación de los valores y de las instituciones que el hombre del siglo XXI -alienado en el entretenimiento y la autosatisfacción individualista que le ofrecen las nuevas tecnologías- necesita para su desarrollo humano integral: la familia, la escuela, la iglesia, las asociaciones de trabajadores y profesionales, los clubes.
Creemos que el mundo ya emprendió de diferentes manera esta búsqueda. En los Estados Unidos se tradujo en la reivindicación del centro agropecuario y de la tradición industrialista; en Europa, mediante el Brexit y los nuevos nacionalismos; en América latina, con la reivindicación de las expresiones religiosas en la política, y en todos ellos como un rechazo a la globalización, como atropello de las identidades o como imposición de hábitos culturales y como un rechazo al establishment político e ideológico.
Creemos que la Argentina necesita emprender su propio camino. No debe hacerlo en forma forzada ni apurada, sino inclusiva, pedagógica y amorosa.
Porque creemos en que todavía está vigente la importancia de “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino: invocando a Dios, fuente de toda razón y justicia”.+