De Raíz Discresional
La política argentina está signada por personalismos, por caudillismos.
Aún cuando haya líderes que se manifiestan partidarios de sistemas políticos menos personalizados, como el parlamentario o sean liberales, éstos suelen tener liderazgos firmes. Porque los hace creíbles para la concreción de tal iniciativa.
Es una actitud curiosa en un país que, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos, se destaca en las competencias colectivas antes que individuales; una Patria que ha exportado frustrados que triunfan en sus lugares de destino.
Es como si la política fuera considerada inmodificable; un arte ajeno a lo social, a lo común, a lo que es de todos. Un terreno en donde se aceptan cosas que no se permiten en otros órdenes. Un ámbito ajeno, intocable.
Pero cada tanto la gente se cansa y busca perfiles más moderados, menos arbitrarios, para volver a tomar el timón. Vota, cambia, y nuevamente vuelve a sus cosas para se desentenderse de lo público.
Pero no tardamos mucho en volver a reconocer el genio, el temperamento, la extraordinariedad de algunos hombres -verdaderos próceres vivos-, que encarnan valores que comunican con facilidad, son más accesibles que los despachos burocráticos -más aún, rigorean a los burócratas-, son hacedores, sujetos imprescindibles para que las cosas sucedan, y que confunden lo público con su persona, con lo familiar.
Cuando la cosa se pone fea, esta relación defecciona y la gente reclama más diálogo, consenso, reconocimiento de minorías, transparencia y la personalización del poder facilita la atribución de culpabilidades, al punto de la venganza y del odio.
A veces pecamos de voluntarismo al intentar cambiar este orden de un día para el otro. Esas iniciativas naturalmente requieren de ajustes para lo que nunca hay tiempo político, entonces fallan y no hacen otra cosa que facilitar el advenimiento de los salvadores de turno.
Todos aquellos que nos sentimos responsables de algo somos hacedores cotidianos de la Nación, y desde la trinchera que nos toque estar tenemos que dar nuestro combate como si de éste dependiera el resultado final de la batalla. Es la Nación toda la que debe empezar a adquirir los valores y principios de una cultura republicana, antes de que alguno nos arrebate los derechos y garantías que aún poseemos.
El combate consiste simplemente en solicitar reglas claras, cumplirlas y hacerlas cumplir. Ser justos, con uno mismo y con los demás. Honrar la verdad, primero consigo mismo y luego con los otros. Ser solidario. Y austero.
No esperemos a que lo hagan otros. Empecemos nosotros y conduzcamos a nuestro círculo a hacer lo mismo. Y hagamos cambiar a los que se resisten. Para que ellos hagan lo propio.
Hay que tomar conciencia de el fin jamás puede justificar los medios. Porque hacerlo lo vulnera. Como el que se cuela en una fila. Llegó antes, pero rompió el orden colectivo por su interés personal.
Actuemos todos los días como corresponde. Abiertos a las necesidades e intereses de los demás. Respetándolos podremos solicitar lo mismo para nosotros. Nada más. Ni nada menos. Todos los días. Todo el tiempo. Y nadie más se va a arrogar derechos que nadie le hubiese dado nunca.+
Aún cuando haya líderes que se manifiestan partidarios de sistemas políticos menos personalizados, como el parlamentario o sean liberales, éstos suelen tener liderazgos firmes. Porque los hace creíbles para la concreción de tal iniciativa.
Es una actitud curiosa en un país que, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos, se destaca en las competencias colectivas antes que individuales; una Patria que ha exportado frustrados que triunfan en sus lugares de destino.
Es como si la política fuera considerada inmodificable; un arte ajeno a lo social, a lo común, a lo que es de todos. Un terreno en donde se aceptan cosas que no se permiten en otros órdenes. Un ámbito ajeno, intocable.
Pero cada tanto la gente se cansa y busca perfiles más moderados, menos arbitrarios, para volver a tomar el timón. Vota, cambia, y nuevamente vuelve a sus cosas para se desentenderse de lo público.
Pero no tardamos mucho en volver a reconocer el genio, el temperamento, la extraordinariedad de algunos hombres -verdaderos próceres vivos-, que encarnan valores que comunican con facilidad, son más accesibles que los despachos burocráticos -más aún, rigorean a los burócratas-, son hacedores, sujetos imprescindibles para que las cosas sucedan, y que confunden lo público con su persona, con lo familiar.
Cuando la cosa se pone fea, esta relación defecciona y la gente reclama más diálogo, consenso, reconocimiento de minorías, transparencia y la personalización del poder facilita la atribución de culpabilidades, al punto de la venganza y del odio.
A veces pecamos de voluntarismo al intentar cambiar este orden de un día para el otro. Esas iniciativas naturalmente requieren de ajustes para lo que nunca hay tiempo político, entonces fallan y no hacen otra cosa que facilitar el advenimiento de los salvadores de turno.
Todos aquellos que nos sentimos responsables de algo somos hacedores cotidianos de la Nación, y desde la trinchera que nos toque estar tenemos que dar nuestro combate como si de éste dependiera el resultado final de la batalla. Es la Nación toda la que debe empezar a adquirir los valores y principios de una cultura republicana, antes de que alguno nos arrebate los derechos y garantías que aún poseemos.
El combate consiste simplemente en solicitar reglas claras, cumplirlas y hacerlas cumplir. Ser justos, con uno mismo y con los demás. Honrar la verdad, primero consigo mismo y luego con los otros. Ser solidario. Y austero.
No esperemos a que lo hagan otros. Empecemos nosotros y conduzcamos a nuestro círculo a hacer lo mismo. Y hagamos cambiar a los que se resisten. Para que ellos hagan lo propio.
Hay que tomar conciencia de el fin jamás puede justificar los medios. Porque hacerlo lo vulnera. Como el que se cuela en una fila. Llegó antes, pero rompió el orden colectivo por su interés personal.
Actuemos todos los días como corresponde. Abiertos a las necesidades e intereses de los demás. Respetándolos podremos solicitar lo mismo para nosotros. Nada más. Ni nada menos. Todos los días. Todo el tiempo. Y nadie más se va a arrogar derechos que nadie le hubiese dado nunca.+


