La Sociedad y la Política
Muy linda nota de Enrique Valiente Noailles en el suplemento Comunidad del diario La Nación y que se pega a continuación. Linda, si, pero poco constructiva.
Por lo pronto, estos suplementos generan una visión de gueto, de facción. Este podría llamarse "Comunidad, la sociedad fragmentada", porque se enfoca en encomiables iniciativas sociales pero excluyentemente; si hubiera una iniciativa de un gobierno provincial, municipal o del nacional por ser contada, no aparecería aquí porque teóricamente debería ser cubierto por otra sección del diario que nunca reflejaría las cosas de la manera que lo hace Comunidad sino que concentrándose en la presunta avidez o rapacidad de quien acá aparece como un beatífico líder social.
¿Cómo puede dudar de que un líder social hace política? Un líder social hace política, por definición. Si la democracia es construcción de consensos mayoritarios, los esfuerzos concretos que realiza un dirigente por el bienestar de sus vecinos es política por donde se lo mire.
Ciertamente, uno puede establecer una sinonimia entre política y poder, que es objeto de la ciencia política. Pero el poder no es un exclusivo de la política tal como la define Valiente Noailles; es decir, partidaria. Todos los que constituyen las capacidades sociales tienen una porción de poder, a secas: los hombres de armas, los financistas, los ideólogos, los trabajadores, los empresarios, los políticos.
Esta visión posmoderna de ídolos en primer plano, derivada de la mediatización, desnaturaliza la relación entre las personas.
Confundir mafias con política es gravísimo. Decir que "la política" impidió tal o cual iniciativa es confuso y equívoco. Tal vez lo hayan impedido los negocios particulares -legales o de los otros-, las patotas -que desafían al monopolio estatal de la fuerza desde la sociedad; es decir, dirigentes sociales facciosos-, los abogados, los vivos... los que sean. Un político es un constructor de la sociedad. No pudo haber sido nunca un pillo. Si lo es, deja de ser un político y se convierte en otra cosa: un ladrón, un empresario, un degenerado, un asesino.
Es bueno pensar en que estos dirigentes que no tienen otras aspiraciones que hacer el bien a sus hermanos puedan y quieran hacer política partidaria. Porque un día se lamentará la forma en que se ha vaciado a la democracia de contenido.
No hay que buscar culpables.
Hay que buscar gente dispuesta a darle a la gente el poder político, de la transformación social, y ayudarla a que eso sea posible.
Gracias, Valiente Noailles por abordar el tema. Esto que decimos aquí son sólo precisiones para ir mejorando la puntería. No procuran polemizar. Al contrario, sumar.+
Por lo pronto, estos suplementos generan una visión de gueto, de facción. Este podría llamarse "Comunidad, la sociedad fragmentada", porque se enfoca en encomiables iniciativas sociales pero excluyentemente; si hubiera una iniciativa de un gobierno provincial, municipal o del nacional por ser contada, no aparecería aquí porque teóricamente debería ser cubierto por otra sección del diario que nunca reflejaría las cosas de la manera que lo hace Comunidad sino que concentrándose en la presunta avidez o rapacidad de quien acá aparece como un beatífico líder social.
¿Cómo puede dudar de que un líder social hace política? Un líder social hace política, por definición. Si la democracia es construcción de consensos mayoritarios, los esfuerzos concretos que realiza un dirigente por el bienestar de sus vecinos es política por donde se lo mire.
Ciertamente, uno puede establecer una sinonimia entre política y poder, que es objeto de la ciencia política. Pero el poder no es un exclusivo de la política tal como la define Valiente Noailles; es decir, partidaria. Todos los que constituyen las capacidades sociales tienen una porción de poder, a secas: los hombres de armas, los financistas, los ideólogos, los trabajadores, los empresarios, los políticos.
Esta visión posmoderna de ídolos en primer plano, derivada de la mediatización, desnaturaliza la relación entre las personas.
Confundir mafias con política es gravísimo. Decir que "la política" impidió tal o cual iniciativa es confuso y equívoco. Tal vez lo hayan impedido los negocios particulares -legales o de los otros-, las patotas -que desafían al monopolio estatal de la fuerza desde la sociedad; es decir, dirigentes sociales facciosos-, los abogados, los vivos... los que sean. Un político es un constructor de la sociedad. No pudo haber sido nunca un pillo. Si lo es, deja de ser un político y se convierte en otra cosa: un ladrón, un empresario, un degenerado, un asesino.
Es bueno pensar en que estos dirigentes que no tienen otras aspiraciones que hacer el bien a sus hermanos puedan y quieran hacer política partidaria. Porque un día se lamentará la forma en que se ha vaciado a la democracia de contenido.
No hay que buscar culpables.
Hay que buscar gente dispuesta a darle a la gente el poder político, de la transformación social, y ayudarla a que eso sea posible.
Gracias, Valiente Noailles por abordar el tema. Esto que decimos aquí son sólo precisiones para ir mejorando la puntería. No procuran polemizar. Al contrario, sumar.+
Opinión
¿Pueden los líderes sociales hacer política?
Por Enrique Valiente Noailles | LA NACION
Twitter: @evnoailles | Ver perfil
Uno de los riesgos que corren los líderes de la sociedad civil que desembarcan en la política es el de quedar fagocitados y neutralizados por un poder que los supera largamente. Las redes de corrupción institucional y para-institucional a las que se enfrentan las personas de buena voluntad que se dedican a la política están bien organizadas y naturalmente preparadas para expulsar a los cuerpos extraños.
¿Pueden los líderes sociales hacer política?
Por Enrique Valiente Noailles | LA NACION
Twitter: @evnoailles | Ver perfil
Uno de los riesgos que corren los líderes de la sociedad civil que desembarcan en la política es el de quedar fagocitados y neutralizados por un poder que los supera largamente. Las redes de corrupción institucional y para-institucional a las que se enfrentan las personas de buena voluntad que se dedican a la política están bien organizadas y naturalmente preparadas para expulsar a los cuerpos extraños.
Esta amarga comprobación fue sufrida recientemente por la diputada provincial jujeña Isolda Calsina, del partido Lyder, quien se vio sancionada con una reducción salarial por sus pares del bloque del Frente para la Victoria al promover un repudio general de la Legislatura por el asesinato de Luis Darío Condorí, que murió en Humahuaca durante una toma de tierras. Calsina planteó en el recinto la condena por el violento episodio. Pero en esa misma sesión, por consideración de un diputado oficialista y decisión del presidente del bloque kirchnerista, la Legislatura aprobó una moción de sanción contra Calsina.
Si la complacencia de la política con el delito se muestra tan obscenamente como en este caso, imaginemos las cosas que ocurren fuera de la vista. Como corolario de esta situación, dijo Isolda: "Hay una voluntad autoritaria, hay una actitud de pensamiento único. Hay un contagio respecto de la Nación, donde si uno no dice lo que quieren escuchar desde el oficialismo, parece que es un agravio. El que calla otorga". Y ella no calló.
Isolda es una líder social serena, pero de muchas convicciones y agallas, que decidió ingresar en la política, como muchos otros dirigentes que provienen de la sociedad civil, para intentar transformar el país desde adentro del Estado. Pero estos dos mundos, el de las organizaciones sociales y el de la política, que parecerían perseguir el mismo fin, que es el bien común, por alguna razón se comportan como el agua y el aceite.
Tal vez no debería extrañarnos demasiado. La realidad es que, aun con excepciones, la tendencia predominante en el ejercicio de la política en la Argentina es acumular dinero y poder, y el bien público es sólo una excusa para obtenerlos. Esta situación es tanto o más patente todavía en las provincias, que siguen siendo territorios feudales y autoritarios, que mantienen a su población en la pobreza y la ignorancia.
El salto de los líderes sociales hacia la política tiene la motivación de encontrar herramientas que transformen la calidad de vida de las personas en una escala mayor. En efecto, la escala a la que puede aspirarse desde una organización social es pequeña, aun cuando se puedan tener efectos inspiradores y se resuelvan los problemas concretos de mucha gente. De este salto hay muchos ejemplos, como el caso de Héctor Toty Flores, un liderazgo social, surgido por necesidad, que fue transformándose hasta convertirse en una diputación. O el caso de Fabián Ferraro, quien también debió vivir situaciones duras a partir de las amenazas que recibió de las mafias políticas que quieren preservar sus cotos de caza.
LOS QUE NO QUIEREN DAR EL SALTO
Existen también los líderes que no quieren dar ese salto. Podría ser el caso de Juan Carr o Rosario Quispe, a quienes más de una vez se les han ofrecido cargos. Dice Quispe: "No me interesa. Vi a tantos compañeros perderse ahí... Donde estoy le sirvo a mucha gente. No tengo que fijarme si son radicales o peronistas, los veo a todos por igual". Interesante declaración, que deja entrever que el ingreso a la política puede estar signado por la fractura de la visión unificada sobre el bien común que se tiene desde el sector social.
El año 2001 fue un antes y un después en la necesidad de que quienes tienen una vocación pública la orienten a la política. Sin embargo es tan legítimo el líder social que da ese paso como el que decide permanecer en su tarea. La clave está en comprender en qué sitio uno puede dar lo mejor de sí. Y es también un problema de vocación, de cuándo siente el líder social que ya no le alcanza con intentar transformar la realidad de su país desde los márgenes.
En cualquier caso, lo importante para el líder social que se anima a entrar en la política es contar con un soporte articulado y una red colectiva en la cual puedan apoyarse. Acompañarlos es un deber de la sociedad civil. De otro modo la lucha por reinstitucionalizar y transparentar las prácticas del Estado se libra de una manera desigual y cruenta, del mismo modo que si se enviaran uno a uno los soldados a la guerra..

