La desconcentración urbana
I
La concentración urbana se produce en el contexto de un cambio de época histórica.
El éxodo rural es tan masivo que amenaza con despoblar la ruralidad por completo.
Es un trámite desordenado, descontrolado, cuyas consecuencias no han sido siquiera investigadas. Según el mandato bíblico (Génesis 1, 28) era el hombre quien debía hacer fructificar la tierra, multiplicarse y sojuzgar al reino animal, entre otras tareas; se trataba de una presencia presuntamente benévola. En la actualidad, en cambio, la creación de reservas naturales apunta a preservar la naturaleza del hombre, que aparece como el culpable de su deterioro.
En el siglo XXI el éxodo hacia las ciudades se masificó. La gente elige la cultura del confort por sobre la del esfuerzo. El campo es hostil tanto por la mayor exposición al clima, la logística, las distancias, los tiempos… todo requiere de un temple especial y de saber estar con uno mismo. Es curioso, pero en los ámbitos rurales las celebraciones son más formales y esperadas, porque es un mecanismo social fundamental. En la ciudad, la informalidad permite desatender esas instancias de relacionamiento y la comodidad recomienda la menor movilización posible; eso explica el hecho de que el habitante de una inmensa pajarera urbana pueda sentir soledad.
Concretamente, la gente se encierra en ciudades cada vez más grandes, cuyas dimensiones desafían a la naturaleza; como Jakarta o Venecia, que se hunden, o Delhi o Beijing, cuya polución aérea muchas veces exige la adopción de medidas extremas.
Pero, ¿cómo llegamos hasta acá?
El régimen de democracia representativa permite a la población decidir su futuro a través de sus representantes, cuya estabilidad depende el voto de los ciudadanos. La dificultad se presenta cuando hay que tomar medidas impopulares que pueden significar la muerte política de un representante. Hay numerosas decisiones que son necesarias pero que no recibirán el favor de la gente en la próxima elección: como el corte del gasto público o el redimensionamiento de la administración pública. Así fue que, en un tiempo en que la industrialización pagó sueldos más altos y ofreció mejores condiciones de trabajo, la conurbanización bonaerense fue un efecto racional que se profundizó a fines de la década del 60, con la quiebra masiva de ingenios tucumanos, sin que se hayan tomado medidas para evitarlo.
Más adelante fue la oferta de servicios, tanto para trabajar como para acceder a ellos. La ciudad fue pródiga al respecto; el campo empezó a quedarse en el tiempo. En los 90, con el auge del entretenimiento, el atractivo por las luces se hizo irresistible. Tengo vivo en mi recuerdo una escena: era diciembre de 1986, estábamos de viaje con dos amigos en La Quiaca en un bar, en donde había una tele que proyectaba una serie -la Isla de la Fantasía- que tenía alelada a los parroquianos. No había nada más alejado de la realidad de esa gente. ¿Cuántos habrán partido a buscar esas imágenes en la realidad? Los frustrados o aburridos, seguro, y en algún momento de la vida, ¿quién no se ha sentido así?
El atractivo de las luces lo explica claramente Carlos Gardel cuando, allá a principios del siglo XX, le cantó a la gran avenida porteña: "(...) Corrientes, calle de vicios,/ una noche me embriagaste con tu mal/ y fue tanto el veneno que me diste/ que nadie resiste tu brillo fatal./ Corrientes, calle maldita,/ no te cambio jamás por mi arrabal./ Aunque hay veces que quiera abandonarte,/ no puedo dejarte, calle de mi mal (...)"
Desde mi niñez pude observar la transformación urbana.
Recuerdo la apática Buenos Aires gris de los ochenta. Hacía poco que los militares habían prohibido incinerar los residuos. En nuestro departamento había un conducto por el que se tiraba la basura -supongo que al sótano-, en donde estimo que el portero la quemaba; el humo salía por una chimenea de la terraza. Claro, ese hollín teñía los frentes de los edificios, y las rodillas y manos de los chicos que jugábamos en el piso del patio del colegio. Era la ciudad gris, cuyo cielo era gris pálido; no era celeste como lo vemos ahora.
Los militares asignaron un lugar para disponer la basura: el Ceamse. Hace rato que ese predio se llenó y que en la pampa nos creció una lomada. Nos cansamos de depositar lo barrido debajo de la alfombra. Nadie se anima ahora a imponer una solución, porque el problema es el consumismo desenfrenado, derivado del hedonismo; en última instancia, la anomia.
Es que la gente no para de consumir y de descartar. Las lamentables crisis económicas hicieron aparecer ecosistémicamente a los recicladores, que no reemplazaron sino que se complementaron con los poderosos recolectores de residuos. Por lo tanto, todo sigue en dirección al colapso; solamente se agrandó el negocio.
La sociedad sabe que los envases producen contaminación, y lo lamenta; pero no deja de consumir; también sabe que los derivados del petróleo lo hacen, sin que afecte en nada sus hábitos. No es extraño ver a un/a ecologista vestir una prenda derivada de los hidrocarburos para evitar calzarse una piel de animal… pero que no afecte la Costa Atlántica (Charly García diría: “¡Pero no bombardeen Barrio Norte!”)
Desde hace diez años sufrimos la creciente amenaza de los Coronavirus. La pandemia del Covid_19 no fue sino un capítulo más de las epidemias que empezaron en 2009/10 con la gripe A. Recuerdo haber tenido que discontinuar la presencialidad de un master en Políticas Públicas que me permitió conocer la entonces avanzada tecnología remota que ofrecía Epoca/USal. En ese tiempo se nos inculcaron nuevos hábitos de comportamiento en el transporte público y la película Fase 7 ironizó lo que pudo haber pasado en nuestro país.
Empezábamos a notar que los espacios cada vez más confinados en los que vivíamos no eran recomendables. Pero el valor de la propiedad urbana, el atractivo de la ciudad y los cambios sociales mantuvieron las tendencias de concentración. No sólo eso, aumentó sensiblemente el hogar unipersonal.
La estrechez económica hizo el resto. Las enormes distancias del Conurbano favorecieron el establecimiento en las villas y asentamientos, así como las usurpaciones de predios para su loteo y posterior venta informal. En el ámbito de la formalidad, se construyeron enormes moles habitacionales, que facilitaron el acceso a la vivienda mediante el crédito y el diferencial de los amenities.
En lugar de resolver el transporte público, cuya eficiencia y calidad descendió desde su creación, se permitió el hacinamiento. Para colmo, llegada la pandemia eso fue un inconveniente significativo para los sectores populares. Los que pudimos, sorteamos esa limitación mediante el aislamiento y el uso de vehículos particulares. ¿... y la justicia social y la huella de carbono? Bien, gracias.
Vayamos a una historia familiar. Un señor que compró una casa quinta hace 50 o 70 años, con un buen terreno, en la barranca de San Isidro, para reunir a su familia, en donde los chicos pudieran jugar y estar en contacto con la naturaleza, lo que tiene ahora es un bien inmueble tan preciado que difícilmente subsista. Sus herederos -aún pudiendo mantenerla y teniendo en cuenta el valor afectivo que implica ese lugar soñado de la infancia- se verán forzados a venderla, porque hacer un loteo será mejor negocio. Dado que en esas condiciones la casa ya no será la misma, tampoco la retendrá y hasta sería razonable que cedan a la demolición. ¿Qué va a hacer con esa plata? Mudarse más lejos, a uno de los barrios de Tigre, Pilar o Escobar. No se trata de un caso aislado. Toda la costa de San Isidro y Vicente López está sufriendo este deterioro. La vieja barranca se parecerá cada vez más a las colonias de loros barranqueros de Patagones o a una pajarera. Las dimensiones habitacionales se reducirán sistemáticamente.
No se trata de bucolismo, sino de experimentar un día de calor extremo -de esos que va a haber cada vez más- en el campo y otro idéntico pero en plena ciudad. En la urbe, las construcciones retienen el calor del día y producen un efecto de horno que impide que las temperaturas bajen con la caída del sol. Los que vivimos cerca de la barranca de San Isidro, en donde aún no hay grandes construcciones sabemos reconocer la amable brisa que viene del río y que brinda una mayor calidad de vida a sus habitantes.
¿Cómo resuelve la ola de calor aquel que vive en un pequeño departamento en pleno centro? Con el aire acondicionado o, en el mejor de los casos, la pelea con el ventilador; y dale con la huella de carbono…
En síntesis, el individuo se aleja de la naturaleza y se encierra en sus dispositivos electrónicos, que son los mismos que usa tanto para el trabajo remoto, como para instruirse, divertirse, orar y recrearse. Son esos mismos dispositivos que, a la vez, nos separan de los vecinos más próximos. La soledad, la depresión y la disfunción familiar, pasan a ser moneda corriente. Pero el costo social de la desintegración familiar no es gratuito: deriva en un uso irracional de los recursos, en una exigencia mayor para la organización de la vida personal y complejiza la distribución de bienes.
En esas condiciones de encierro, sedentarismo y de una casi permanente tarea intelectual, la persona cambia también sus hábitos alimenticios. No es casualidad la aparición de tendencias tales como el vegetarianismo o el veganismo. El cuerpo del citadino demanda otra clase de alimentación. No necesita ser -ni sentirse- fuerte para imponerse sobre los animales y las fuerzas de la naturaleza. Tampoco requiere el combustible para llevar y traer cosas pesadas a lo que en una ciudad sería considerado una distancia considerable. Las manualidades serán, probablemente, miniaturizaciones debido a las dimensiones ambientales. Lo que es muy probable es que el hombre cambie su estructura física para adaptarse al nuevo entorno, como lo ha demostrado la teoría darwinista de la evolución.
II
Me pregunto si el proceso de urbanización tal como lo estamos experimentando es bueno o es malo para el hombre.
Dado que la persona humana es de condición gregaria, todo lo que le ayude relacionarse con sus semejantes debería ser considerado bueno.
El modo de vida en las megaciudades es divertido e intenso. Sin embargo, los índices de depresión y ansiedad que se registran son más propios de una población histérica antes que alegre o satisfecha.
La organización familiar dejó de ser el modo de vida mayoritario en la Ciudad de Buenos Aires, en donde la mayor cantidad de viviendas es unipersonal, lo que parece ser la tendencia de las megaciudades. Ante esa realidad, la familia disfuncional o ensamblada no deja de ser una buena noticia. Pero no se conocen aún todas las condiciones que ésta última ofrece a la sociedad como, en cambio, se ha podido comprobar el aporte la organización familiar a la sociedad, por ejemplo, durante la crisis del 2001. La solidez es un elemento fundamental para la estabilidad emocional de sus miembros.
Otro elemento que se ve deteriorado es la identidad. El proceso que nos toca presenciar no termina en el desplazamiento del campo a la ciudad, sino que resulta una migración permanente. Quienes dieron el paso migratorio tienen una raíz pero se convierten en ciudadanos del mundo; los que permanecen forman parte de una comunidad nacional.
Ciertamente, pero ¿cuál será la comunidad que nos acogerá completamente como personas humanas, la virtual o la real? La virtual depende de nuestro deseo de pertenecer, el interés que nos convoca y el historial de relacionamiento; la real incluye elementos permanentes, como los lugares y las experiencias sensoriales. Por eso el desarraigo es algo irracional, pero se hace efectivo en la experiencia de muchos migrantes.
En síntesis, desde el punto de vista del siglo XX, la vida del hombre contemporáneo en estas grandes ciudades tienen tres grandes ausencias:
El primero es el otro, el vecino; los demás. Paradójicamente, las megaurbes son tan pobladas como carentes de relaciones sociales. El ensimismamiento y la ansiedad con que se vive mataron al bar, al Club, a las asociaciones sociales y a los partidos políticos. El relacionamiento se limita a actividades productivas, instructivas, deportivas o recreativas, pero concretas y acotadas en el tiempo; en política, a la solución de reclamos o meros repartos clientelares. La optimización de los tiempos y el aumento de la productividad alejan el riesgo de perder el tiempo y, consecuentemente, dificultan el auscultamiento del alma ajena o la decantación de un pensamiento complejo. Es impensable el sostenimiento del sistema democrático sin tiempo para la conversación, que es el mejor mecanismo para conocer a los demás y para resolver los conflictos sociales. Así, las relaciones sociales se vacían de contenido. Por caso, el apareamiento sexual se presenta en la cátedra moderna -la pantalla- como una relación tendiente meramente a la satisfacción instintiva y sensorial; sin amor, la cópula se animaliza y hasta llega a perder esa condición cuando limita los efectos reproductivos.
La segunda ausencia es la de la naturaleza. En un espacio que se cotiza cada vez más, el acceso al verde es un lujo para unos pocos. Las ciudades empiezan a parquizar toda clase de espacio público -los parques lineales-, lo que indudablemente es encomiable pero resulta insuficiente para las necesidades del alma humana. Para colmo, la aspiración de vivir en el centro aleja las posibilidades de esparcimiento en la naturaleza durante el fin de semana. Consecuentemente, el habitante desconoce si eventualmente vive sobre la cuenca de un arroyo, que está entubado; nunca sabrá qué tipo de flora y de fauna es la originaria de ese lugar -salvo que se interese y lo estudie, obviamente-, e ignora el comportamiento de los vientos, que están afectados por las construcciones, y de las temperaturas; de hecho, puede modificarlas a su antojo gracias a su acondicionador de aire.
Sería un milagro que este individuo consumista, hedonista, angustiado y ensimismado, distante del corazón de los demás e inmunizado artificialmente de la naturaleza, pueda conocer al tercer gran ausente: Dios.
A Dios nos aproximamos mediante la inteligencia -la formación, el conocimiento- y la voluntad, que nos permite superar nuestras propias limitaciones. Pero el bombardeo informativo y la profusión de novedades nos obliga a un conocimiento enciclopédico de proporciones bibliotecarias para poder saber; por otro lado, el hedonismo, el consumismo, el confort y la comodidad -valores protagónicos en la vida ciudadana-, son un ancla pesada para el alma que desea elevarse.
Decíamos que estas son ausencias vistas desde el siglo XX. Pero una civilización se evalúa por esas tres relaciones. Habrá que definir cómo será la relación entre las personas, con la naturaleza y con Dios.
Es decir, para el primer caso, ¿qué tipo de sociedad integrará? ¿será virtual o real? En tal caso, ¿primará el vínculo familiar, el geográfico, los intereses personales?
Respecto de la naturaleza, ¿también será una relación remota? ¿No existe un tipo de naturaleza que subsista en las ciudades? Me refiero a los roedores, ácaros, murciélagos, palomas, animales domésticos, etc. ¿Dejará el hombre de buscar su sustento en ella? ¿De qué manera lo hará? ¿Quién y cómo se ocupará de gestionar los insumos? ¿las ciudades se autoabastecerán?
Finalmente, ¿cuál es el dios de esta civilización que nace ahora? ¿Qué es lo que guía a lo más profundo de las personas a hacer lo que corresponde y a evitar lo que está mal? ¿Qué es lo bueno, dónde está?
Tales interrogantes me exceden. También las nuevas realidades de las megalópolis. Pero algunas las podemos analizar en las tendencias de los sectores pudientes de la sociedad para proyectarlas luego democratizarlas. No hay dudas: en la medida que pueden, las familias jóvenes se trasladan a los countries, y si no lo hacen es por razones de vínculos humanos o relacionadas con cuestiones logísticas. En última instancia, la salida del fin de semana para el esparcimiento en la naturaleza es un deseo mayoritario; se puede observar los domingos en las muy pobladas banquinas de las autopistas de acceso a la Capital o en las plazas. También en la búsqueda de mayor espacio vital.
Otro es el caso del hombre que vive solo. Pero, claro, no tiene sentido proyectar una ciudad hacia el futuro pensando en una especie que no se reproduce o que, en caso de que lo hiciera, se desentiende de su crianza. Hay que promover ámbitos para que la familia crezca y se consolide, y considerar los demás casos.
Resulta complejo pensar estas cosas desde el derecho positivo. La realidad cambia constantemente, la profusión legislativa es inmensa y la anomia, creciente. ¿Tiene sentido analizar el fenómeno de la concentración urbana desde la perspectiva nacional? Es un Estado que existe desde hace menos de dos siglos y cuyas partes se modificaron en numerosas oportunidades. Por otra parte, la figura del Estado Nacional está en crisis en todo el mundo tras la aparición de los bloques regionales. La provincia de Buenos Aires, por su parte, tiene una pésima distribución poblacional.
La mirada municipal resulta insuficiente y la realidad del conurbano bonaerense es muy cambiante. La población de San Isidro, por ejemplo, aumentó diez veces desde el primer censo (1869) y podríamos decir que su territorio se mantiene aunque el ejido urbano, que por entonces estaba separado del de sus vecinos, ahora está completamente ocupado y es notoriamente diferente. Consideremos el área metropolitana de Buenos Aires, que va desde el río hasta la ruta 6.
Pedro del Piero, que trabajó la materia desde su Fundación Metropolitana, plantea -luego de investigar, trabajar y acordar con todos los municipios involucrados- que la meta es que para 2050 la metrópolis (ciudad y el conurbano bonaerense) esté ocupada por 12 millones de habitantes; pero en la actualidad somos 17 y, por el crecimiento intercensal que es del diez por ciento, para entonces seríamos 22.
Desde su punto de vista, “las regiones argentinas deberían absorber diez millones en 30 años, prácticamente el doble del crecimiento vegetativo. Para desconcentrar Buenos Aires, hay que potenciar tres actividades: agroindustria, turismo y economía del conocimiento. Es necesario incentivar desde los polos de cada actividad la migración de jóvenes emprendedores y asistirlos con infraestructura y capacitación”.
Pero no nos dispersemos con el modo de redistribuir la población. Lo importante es saber que está estructura poblacional no es recomendable, y que no sólo no debe crecer más sino que debe decrecer para poder ofrecer a sus habitantes una mejor calidad de vida.
III
Debo aclarar que no es éste un trabajo académico sino simplemente un ensayo. No tiene la pretensión de la erudición; es sólo un abordaje desde el sentido común. En primer término, porque no poseo tales capacidades pero, segundo y fundamental, porque creo que lo inédito de la situación que nos toca vivir exige desprenderse de algunos conceptos vigentes y ponerlos en duda.
Por ejemplo, los arquitectos urbanistas tienden a resolverlo todo construyendo. Los ecologistas, en cambio, se oponen a cualquier construcción. Los sociólogos se fascinan con el análisis de la conurbanización; los politólogos, con la aparición de las megalópolis. Pero pocos se han dedicado a pensar en cuál es el modo en que el hombre debe vivir para desarrollarse mejor.
De hecho, son muy pocos los que piensan en lo que es bueno y malo para el hombre. Todo se ha tecnificado tanto y el bombardeo de novedades es tal que nadie tiene tiempo para analizar en términos filosóficos lo que estas cosas significan.
Muy sintéticamente hablando, abordaré las principales variables de la cuestión urbana desde una perspectiva antropológica. Analizaré, primero, el espacio vital del hombre. En las actuales megalópolis el hábitat puede llegar a ser muy pequeño. En términos ideales, no es el mejor espacio para desarrollar todas las condiciones físicas que ha alcanzado la condición humana. Ciertamente, en el actual contexto de materialismo, hedonismo y comodidad al máximo, no hace falta más que un sillón, una pantalla y una heladera; pero un departamento de 50 metros cuadrados con poca luz y ventilación no parece ser un entorno que potencie la salud, ni mucho menos, la longevidad.
El capitalismo, por su parte, ha confiado en la tercerización una solución a la competitividad y con esa consigna se desecharon numerosos trabajos improductivos. Pero no todo es productividad. De hecho, esa gente hoy vive de planes o de alguna jubilación. Pero cuánto mejor sería para su dignidad si tuviera un trabajo, por improductivo que sea; si hubiera alguien que lo contratara…
Lo mismo podría decirse de la delegación -tendiente a la robotización- de tareas domésticas que, sin llegar a la categoría de gimnasia, garantizan un mínimo movimiento del cuerpo y la distracción mental.
Por otra parte, las ciudades tienden a extender al máximo de sus posibilidades el modelo vial, que conspira contra la seguridad y el beneplácito del peatón. La moda de las supermanzanas -grillas de nueve manzanas dentro de las cuales se prioriza la peatonalidad y el slow motion- es un buen antídoto al respecto.
Pero lo que el hombre debe abandonar paulatinamente es la transición que significó en la historia de la humanidad la energía hidrocarburífera. Es menester que el hombre migre a medios colectivos de transporte y acepte la autonomía solo para casos excepcionales, y que para tales casos se utilice bioetanol, cuya producción agregaría valor a la producción maicera provincial y crearía fuentes de trabajo que favorezcan a la desconcentración urbana.
En Buenos Aires, lo que debe extenderse e integrarse es la red de trenes y subterráneos en forma interconectada con la del transporte automotor de pasajeros en todas sus modalidades -que debería reducirse- y con las bicicletas, pero dando prioridad a la peatonalidad. Prioridad no solamente se refiere a que tenga senderos, sino a que se le ofrezcan las mejores condiciones ambientales -techo para evitar mojarse los días de lluvia, por decir una- y de seguridad.
El hombre que camina una hora diaria incidirá mejor en el sistema de salud y reducirá la huella de carbono -como el que trabaja, que tendrá una mejor salud mental que el desempleado-. Es inadmisible que la sociedad continúe promoviendo otro tipo de desplazamiento que no sea el peatonal. Habrá menos congestión de tránsito, con lo que eso significa en materia de contaminación ambiental, auditiva y sonora; de polución visual; de irritabilidad personal; de pérdida de tiempo y recursos; de disminución de la productividad -acá, si, sirve-, y la consecuente implicancia en la seguridad vial. Pero, más aún, si el transporte fuera más regulado, el crecimiento urbano también lo sería; vivir fuera o lejos de la trama urbana e ingresar diariamente a trabajar no debiera ser algo normal. Pero volviendo a la cuestión de aquellos que se viajan diariamente decenas de kilómetros, es fundamental limitar el crecimiento urbano y la separación entre una y otra urbe. El desequilibrio generalizado que produce la continuidad urbana no hace otra cosa que disminuir las capacidades naturales para amortiguar, entre otras cosas, los cambios de temperatura. El efecto de isla de calor que produce la ciudad es obviamente proporcional al tamaño de la urbe; dividirla y separarlas mediante cinturones ecológicos son una buena solución.
Mal que le pese a mi familia -entre otras afectadas- ese fue el argumento por el cual el peronismo expropió las estancias de la familia Pereyra Yraola en el sur del conurbano bonaerense. Juan Perón explicaba que debía forzarse el freno al crecimiento de la ciudad hacia el Sur para que no se llegue a unir con la capital provincial, La Plata. Establecer allí un pulmón verde entre ambas megaurbes tenía sentido. Lo mismo hizo con las estancias de los Ezeiza. Si se trataba de razones estratégicas, o no, es otro cantar.
Una década más tarde, Patricio Randle propondría la idea de crear redes de ciudades intermedias para contener el éxodo del campo y de los pueblos a las ciudades. Este planteo fue exitoso y logró un buen desarrollo en las ciudades de Tandil, Olavarría, Azúl y en sus localidades aledañas. Pero este proyecto se instrumentó en el sudeste bonaerense y allí quedó.
Para colmo, como afirma el municipalista Javier Varani, la provincia de Buenos Aires tiene un déficit institucional inmenso. Subiste el anacrónico sistema de partidos distritales que no reconoce municipios ni mucho menos su autonomía.
Las ciudades bonaerenses crecieron poblacionalmente y consecuentemente modificaron su asentamiento territorial sin que haya habido mayores modificaciones institucionales, salvo contadas excepciones, como fue el proyecto Génesis 2000 impulsado por la gobernación de Eduardo Duhalde y que significó la división de algunos partidos del Conurbano. Pero La Matanza, por ejemplo, sigue siendo una provincia; o General Pueyrredon, esa que todos conocemos como Mar del Plata. La inmadurez institucional de nuestros pueblos es analogable a un hombre de 30 años que lleva puesta la ropa que tenía a los 8; si la ropa llegara a aguantar, tiraría por todas partes. Con semejante déficit político, los pueblos no están en condiciones de resolver democráticamente sus propios problemas y quedan a merced de poderosos gobernantes que priorizan sus propios intereses. De esta manera, se produce naturalmente la rotación de las formas de gobierno y se pasa de la democracia a la demagogia y de ésta a la oligarquía.
Es recomendable producir esas transformaciones institucionales para facilitar una solución urbanística sólida y sustentable. La gente no se suicida. Hay que recurrir a la política. Desmediatizarla al máximo posible. Para eso, habrá que darle dimensión humana. La primera instancia de representación, en muchos casos, es un consorcio de departamentos o de un barrio cerrado. Habría que lograr que los que habitan en casas particulares tengan algo similar; tal vez de la dimensión de las supermanzanas. Bastaría con asignar un reconocimiento institucional a ese primer grado de representación para que constituyan, junto con otros diez o veinte pares con los que tenga lazos funcionales de vecindad (comparten circuitos, colegios, avenidas, redes de servicios, etc), constituyan amor su vez una segunda instancia de representación (ad honorem, también, se entiende). No pretendo definir a nivel de detalle la transformación institucional, pero sí sugerir que la primer instancia “profesional” de representación no sea la del Concejo Deliberante, en el caso de San Isidro, sino directamente la Región Metropolitana Norte, que la reúne con Vicente Lopez, San Fernando y Tigre y que, en alguna medida, guarda relación con la diócesis, con la superintendencia policial y con el tendido vial, ferroviario y de las redes de servicios públicos. La instancia superior a ésta sería -como dice Del Piero- la Metrópolis porteña, que incluye Ciudad y Conurbano, y luego la nación.
Es que en un escenario de campos desérticos, sólo quedarían pobladas las localidades, pueblos y ciudades, por lo que habría que “desenganchar” a la producción que allí se desarrolla de la autoridad municipal, que tiene otras preocupaciones, de la misma manera en que sucede con el mar o en los parques nacionales.
IV
Finalmente, a la luz de estas ideas, me concentraré en los problemas urbanísticos que están en la agenda sanisidrense.
Debo aclarar que estos conceptos referidos antes remiten a una idea de ciudad parque. Imagino a San Isidro recuperando grandes superficies verdes pero no solamente públicas sino fundamentalmente privadas. Para lograrlo habrá que apoyarse fundamentalmente en los privados, y resignar recursos fiscales. Es imposible imaginar que una de esas grandes viejas quintas no se loteen por influjo de la filantropía. Para mantener el predio o incluso ampliarlo, el propietario debe contar con un estímulo fiscal, en algunos barrios que se quieren convertir en corredores naturales; en sus manos quedará el mantenimiento del espacio verde, que deberá tener algunas condiciones para mantener la condición fiscal.
Uno de estos corredores son el curso de los arroyos que se desea volver a hacer superficiales; otra es la barranca, que es un accidente geográfico muy peculiar.
La costa debe ser mayormente pública, aunque reconozca mecanismos de subsidiariedad. Pero vivir en San Isidro debería permitir acceder a bajadas públicas para embarcaciones particulares. Además de que San Isidro debería aprovechar su condición para tener un puerto público que le provea de turistas. No necesariamente chinos o norteamericanos, sino aquellos que se suben a su embarcación y que desean un desembarco glamoroso. Rosarinos, cordobeses, misioneros, paraguayos, brasileños…
Para eso, es necesario que el llamado “Ecoparque del puerto” no sea una consigna inmobiliaria sino que tenga un correlato real: senderos, estaciones aeróbicas, gastronomía, hotelería, parquización, ambientes naturales, bancos cómodos, baños públicos… Baños públicos. ¿Por qué costará tanto que el municipio provea de baños limpios y agradables a quienes nos visitan? Más difícil de explicar es la ausencia de marcas prestigiosas, a las que habría que ir a buscar, pero que muchas veces no aceptan efectuar emolumentos extraordinarios. En la actualidad, una marca resuelve muchos problemas; San Isidro la tiene, sólo necesita que las marcas se desenvuelvan libremente, sin condicionamientos informales.
La agenda pública prevé dos grandes predios cuya utilización puede ser clave para apuntalar un proyecto como el referido: el que fue de Obras Sanitarias y el del Jockey Club, que acaba de llegar a un arreglo con la Municipalidad. Es que San Isidro grava más al esparcimiento que a los demás conceptos (comercial, industrial, residencial. Si el Jockey quiere hacer que su predio sea rentable es porque los Clubes pagan más del 50 por ciento de las cuotas de los socios al municipio y a la provincia; no es paŕa mantener sus servicios, que se pagan con el uso. La política municipal de la administración Posse es mostrarse dadivoso con los clubes con fondos para obras, pero después de ahorcarlos por medio de las tasas.
Si nos importara que San Isidro mantenga su “Central Park” de 300 hectáreas, alcanzaría con evitar ahogar al Jockey. No obstante, habría que negociar a futuro esas condiciones: los reservorios, la superficialidad del paso del arroyo que va por la calle Alto Perú, el ensanchamiento de veredas, el paso de algunas pocas calles internas, la cesión de terrenos para estacionamiento -mientras la sociedad sanisidrense se mueva de esa forma, hay que sostener la actividad en el centro comercial de Juan Segundo Fernández y de la avenida Rolón, el centrito que se desarrolla entre Carman y Fondo de la Legua, entre otros. Más aún, el Jockey, si mudara su actividad hípica a un distrito más equino, podría desarrollar en términos inmobiliarios a la actual Villa Hípica. El predio del Hipódromo, por su parte, puede convertirse en el principal entertainment center de la Zona Norte, sino de Buenos Aires. Por otra parte, San Isidro podría aprovechar su infraestructura sanitaria y educativa, que es de altísimo nivel, para favorecer a su población, en lugar de gestionarlas en forma pública.
En cuanto al predio de la ex Obras Sanitarias, resulta ideal para terminar de redondear dos barrios que muestran un gran desenvolvimiento: el que va desde la Calabria hasta Tomkinson y, del otro lado de Neyer, el alto de Beccar. Más aún, el desarrollo que se haga sobre ese terreno debe terminar de dimensionar a La Cava, cuyos proyectos de urbanización son muy disímiles.
Breve paréntesis para la urbanización de las villas. La clave pasa por la asignación de títulos de propiedad y con un régimen inteligente de codificación que promueva las transacciones privadas que permitan el ordenamiento territorial.
Volviendo a los grandes predios, podría seguir detallando soluciones, por ejemplo, para los que están del otro lado de la Panamericana. Por mencionar uno, aunque mejorable, fue muy acertado lo que se hizo en el Golf de Villa Adelina, Pero perdería el espíritu generalista de este documento.
Por eso quiero retomar la cuestión de los clubes, cuya incidencia social es mucho más personalizada y cabal que la del Estado. La promoción social mediante el deporte, la socialización y la expresión artística, entre tantas otras -como la de ser memoria social, que los constituyen en patrimonio comunitario-, no sólo los hacen merecedores de un menor ABL sino que habría que analizar mecanismos como los del mecenazgo para favorecer el pago de sus cuotas o de los aportes excepcionales. Hay que evitar el clientelismo del barón magnánimo para establecer mecanismos que favorezcan determinadas obras que sean de beneficio comunitario. Cuando me refiero a los clubes incluyo a las asociaciones que promueven el bien común -en San Isidro hay muchas para adultos mayores-, en general; pero lo que hacen los clubes con el deporte es tan concreto que no hay más nada que explicar: el municipio debería favorecerlas con mecanismos despojados de clientelismo.
Hay un tema que me desvela desde que soy chico, que es la aparente ilimitación de recursos disponibles. Sabemos científicamente que hay recursos que son renovables y otros que no lo son. Pero la producción industrial y el consumo masivo se desentiende de esa responsabilidad y produce bienes descartables, cuya contaminación ya mencionamos. La sociedad es consciente de la necesidad de reciclar, pero eso de la economía circular por ahora es un concepto vacío. ¿Qué sucede con los materiales cuando se produce una demolición? Hay cosas que se rescatan, cosas que se envían al relleno y otras que circulan por circuitos informales. ¿Qué pasaría si la ciudad, preocupada por el efecto isla de calor, decidiera dejar de recibir materiales de construcción excepto que demuestre que no hay manera de reciclar lo existente? Es cierto, aumentaría significativamente el costo de la construcción. Eso es malo, si pensamos en el déficit habitacional. Pero, ¿no habíamos dicho que los gobiernos metropolitanos consultados por la fundación homónima coincidieron en que actualmente sobran cinco millones de habitantes para el proyecto 2050? Nadie se hace cargo y las demoliciones alcanzan a propiedades que son patrimonio histórico de la comunidad, y las obras intervienen el subsuelo -en donde se guarda la memoria histórica- de cualquier manera y apelan fácilmente a la demolición del patrimonio arquitectónico.
Retomando la preocupación por la economía circular, han desaparecido los oficios de reparación. No es un planteo tradicionalista. Ese hombre en la actualidad es probable que no tenga trabajo y viva de un plan o de su jubilación. El reparador era un interesante eslabón en la cadena industrial, porque aportaba el input de las fallas. Por naturaleza, era uno de los oficios barriales por excelencia. ¿Quién va a mandar a arreglar un zapato cuando se tira el malo y se compra uno mejor por un precio económico, pero con un significativo costo ambiental y social. Hoy está mal visto usar pitucones en el saco, salvo cuando vienen de fábrica; el cambio cultural está pendiente.
Como podemos observar, la agenda del Honorable Concejo Deliberante de San Isidro no se parece en nada a estos planteos. Es más, la agenda pública tampoco transita estos senderos que señalamos aquí. Son muchas las cuestiones que hay que poner sobre la mesa y hablarlas claramente, sin el prisma del prejuicio ideológico. Hay mucho en juego: nuestra vida y la de nuestros hijos.
Esta es una invitación a dialogar sobre estas cuestiones que hacen a las grandes transformaciones de la civilización; no las desperdiciemos tirándola a la grieta.+)
Patricios, Beccar
Febrero 2022

