La política inmediatizada, 1

Las telecomunicaciones transformaron la política tal como la conocemos, la democracia representativa.

Porque el vínculo entre el ciudadano y el representante se volvió innecesario y hasta redundante, al punto de irritar a unos y a otros. 

Cuando alguien se puede comunicar en forma directa con su líder, el rol del representante se reduce significativamente.

Pero es imposible que alguien pueda ser el primer mandatario de 48 millones de personas, como es el caso del presidente argentino. Por más que le dedique tres horas diarias a las redes, nunca llegará a contener personalmente a todos. Siempre estará sujeto a la veleidad de las redes y no podrá contener solo los arrebatos de la multitud; el ejército de trolls puede ayudalo pero no lo sustituye nunca.

La solución pasa por disminuir las unidades políticas ejecutivas.

Eventualmente esos ejecutivos podrían reunir también las facultades judiciales de menor cuantía -con ayuda de oficiales a cargo- y hacer voluntaria y gratuita la instancia parlamentaria, con formato asambleario.

Para que eso sea posible, las primeras unidades políticas deben estar constituidas por vecinos que tengan necesaria relación geográfica entre ellos. 

No tengo claro cuál debe ser esa medida. Habría que ir haciendo prueba y error. Pero la clave es que sea una escala que permita el relacionamiento o, al menos, la identificación de los miembros de esa unidad política básica. A mí juicio no podrían ser 50.000 habitantes sino más bien 5.000 o tal vez 10.000, siempre y cuando la delimitación geográfica facilite un contacto probable. Hay que reconocer que un consorcio de departamentos o un barrio cerrado constituyen, de hecho, una primer instancia de relacionamiento político.

Si aplicáramos éso en San Isidro, diría que esa unidad no es Beccar, que tiene una forma alargada que va desde el distinguido bajo hasta la Panamericana cruzando el populoso barrio de La Cava. Si faltará escala -cosa que no creo- un diseño más razonable sería unificar el bajo de Beccar con el de San Isidro, La Calabria con Beccar Alto, el eje de Sucre, La Horqueta...

Lo que se pretende es rediseñar los espacios en función de comunidades más homogéneas para obtener una mayor legitimidad de la autoridad. La unificación de barrios socialmente distintos buscó en su momento, cuando se lo dispuso de esa forma, favorecer un determinado resultado electoral.

Estás unidades deben poder elegir a alguien para resolver a nivel regional cuestiones importantes para todos: el transporte, la salud, la educación, los recursos hídricos y sanitarios y la zonificación urbanística, entre otros. Ese sería el primer nivel de una legislatura profesional.

Es evidente que el actual San Isidro no es una dimensión acorde a esos desafíos. Pero si lo es la Región Metropolitana Norte (Vicente López, San Isidro, San Fernando y Tigre), porque tienen mucho en común: el mismo Tren Mitre, la Panamericana, la costa del río, etcétera.

Vivimos un extraño proceso de registra, al mismo tiempo, una continentalización de Estados que alguna vez fueron nacionales, una fragmentación interna producto de nacionalismos y regionalismos. 

Es el momento de la tierra, de las raíces. En paralelo a la globalización surge un fenómeno de localización, de identificación regional.

Es menester tomar estos nacionalismos en sí mismos y no como confrontados contra otros. 

Estos pueblos conducidos por legítimos dirigentes serán los que nos conducirán a la Tierra Prometida.+)


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